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La educación es el momento adecuado de
la ética...
Excelentísimo y magnífico señor rector; queridos
colegas; amigas y amigos: en primer lugar, tengo que iniciar estas
palabras agradeciendo muy sinceramente este honor que se me confiere
y que verdaderamente considero como decía Borges de
su éxito un error muy generoso.
He tenido siempre una relación episódica con la Universidad,
me he ganado desde hace casi 30 años la vida en ella. No
me he considerado nunca un académico de cuerpo completo,
sino más bien una especie de infiltrado desde otros campos,
otro mundo, una especie de espía de otro tipo de ejército
dentro del mundo de la academia, del rigor y de la transmisión
seria de los conocimientos. Lo que pasa es que después de
tantos años de estar haciendo esa labor de espionaje, en
buena medida me considero ya parte de los espiados y no solamente
ese espía que fui en otro momento.
Me alegra particularmente que este error generoso se me conceda
aquí en América, porque si algún mínimo
mérito puedo tener es que desde hace más de un cuarto
de siglo, en una época que no era corriente que las personas
de mi generación gustasen de venir a los países de
la América Hispana todos soñaban con la Sorbona,
Bolonia, otro tipo de universidades, estoy viniendo asiduamente
a mantener coloquios, a aprender, a mantener intercambios, a hacerme
oír y a escuchar, en los países de América.
Hace insisto un cuarto de siglo sostuve que los españoles
también somos hispanoamericanos, que formamos parte de la
comunidad hispanoamericana y que, por lo tanto, nuestro lugar natural
de extensión, de comprensión y de explicación
y coloquio es la América Hispana. Para mí, después
de tantos años, es muy grato que el primer Doctorado Honoris
Causa y probablemente el último que se me conceda
lo reciba en una universidad americana. Además que lo reciba
porque los libros, esos pequeños e ingenuos libros que escribí
para intentar acercar a las personas a materias que me parecen,
por un lado, abstrusas, pero, por otro lado, imprescindibles para
la vida, como son la ética y la política; que esos
libros, a pesar de estar escritos en un estilo coloquial muy propio
de España, hayan tenido fuerza o interés suficiente
para ser aceptados, utilizados y quizás para resultar útiles
en países americanos.
Escribí la Ética para Amador por responder a un desafío.
Se me decía en aquella época, sobre todo en la época
final de la dictadura y comienzos de la democracia, cuando se sustituyó
la clase obligatoria de religión que había en el bachillerato
español por una opción que se llamaba ética,
lo cual me parecía un poco disparatado, ya que no sé
por qué la ética tiene que ser una opción diferente
a la religión, o por qué la religión tiene
que ser obligatoria y la ética no. En
fin, no sé, me parecía todo algo confuso. En cualquier
caso las clases de ética no tenían ningún texto
o libro propio; los profesores de ética recortaban noticias
del periódico, hablaban de conflictos bélicos, adoptaban
temas tomados de las polémicas del momento; pero no había
ninguna reflexión mínimamente teórica sobre
la cuestión.
Hablando con algunos amigos sobre este asunto, me comentaron: «Es
que es imposible, ¿cómo vas a explicar ética
a personas que no han leído a Kant, Spinoza, que no conocen
a Nietzsche ni a ninguno de los autores indispensables? Es imposible
que a un joven de 15 años se le empiece a explicar todos
esos autores que serían imprescindibles para hablar de ética».
Me parecía una noticia muy alarmante, porque la ética
es una cosa que se supone todos vamos a necesitar, no solamente
como algo propio, sino que necesitamos que los demás la necesiten.
Es algo muy útil garantizar que los demás tengan ética,
y si para tener la idea de una vida recta, de una convivencia justa,
solidaria y digna, hace falta leer a tantos autores importantes,
estudiar tantísimo, entonces estamos perdidos, porque solamente
algún erudito nos brindará el adecuado apoyo ético,
y el resto del mundo viviremos como fieras feroces, lo cual, insisto,
por puro egoísmo, me parecía una perspectiva alarmante.
Me comprometí a intentar exponer una ética que fuese
algo iniciático. Por supuesto, no toda la ética, sino
una pequeña puerta, un aperitivo que abriese el apetito para
continuar luego leyendo obras más profundas y más
amplias. Expuse que eso se podía hacer recurriendo a esos
grandes autores, sin necesidad de que mi lector los tuviera que
conocer de antemano.
Las personas de mi generación fuimos educadas en una dictadura,
todos o la mayoría de nosotros somos grandes enemigos de
los dogmas, la disciplina, la autoridad, los revestimientos ceremoniales
serios, etc. Les habla alguien que tenía 21 años en
mayo del 68 y que en cierta forma está ligado a ese imaginario
colectivo propio de aquella época. Luego, llegó un
momento en que tuvimos que tener nuestros hijos y convertirnos en
padres, tarea que nadie acepta del todo con gusto en la modernidad,
porque todo el mundo quiere ser joven permanentemente. Vivimos en
una sociedad en la que si no se es joven se está enfermo,
y como los padres, una de las muchas deficiencias que tenemos es
ser más viejos que los hijos, admitir la paternidad nos compromete
con el lado señor que todos queremos rechazar lo más
posible. Por eso el mundo está lleno de padres que dicen:
«Soy el mejor amigo de mi hijo». Hombre, podría
probar a ser su padre, que es más importante, porque amigos
tendrá otros y quizás mejores; o señoras que
se enorgullecen de ser confundidas con la hermana mayor de su hija,
lo cual revela una miopía especial por parte de los que cometen
tal confusión.
Dado que al aceptar ese papel de señor y convertirnos en
autoridad para otros, en el sentido etimológico del término,
no en el sentido tiránico, sino en el sentido de lo que ayuda
a crecer, el verbo auger indica aquello que ayuda a crecer. Supongo
que las personas crecemos como la hiedra, apoyándonos en
algo que nos ofrece resistencia; así tiene que ser uno, el
padre, el profesor, el maestro, la persona que ofrece resistencia,
y seguramente uno tiene que caer de vez en cuando antipático.
El querer siempre ser simpático, popular, representar el
lado entusiástico, de la vida, es muy agradable, pero la
labor del padre o del profesor no siempre es ésta, y uno
tiene que aceptar el ser antipático, porque uno representa
para los hijos y los jóvenes algo muy antipático que
es el tiempo, la necesidad, la tradición, y de alguna forma
el hecho de que nadie viene al mundo a iniciarlo, sino a soportarlo,
y si acaso, a intentar mejorarlo, si puede.
La gente de mi generación no estábamos preparadas
para ese papel y como ninguno quería ser dogmático,
nadie quería decir lo que había que hacer; queríamos
dar libertad plena a nuestros hijos. Tenía muchos amigos
de mi generación que decían: «¿Qué
se les dice, qué le vas a decir?». Habrá que
darles alguna pista no sé, no se le puede decir que
la antropofagia es una variedad gastronómica como cualquier
otra, alguna idea cierta, alguna indicación de que
hay cosas preferibles a otras tendremos que darles. Quien me sacó
y me despertó definitivamente de mis sueños antidogmáticos
fue mi propio hijo Amador, cuando tenía unos 6 ó 7
años. Un día vino a casa y me dijo: «Papá
en el colegio me han dicho que los Reyes Magos son los padres».
No había entrado nunca en el problema porque siempre me mantenía
citando versiones contrapuestas de las cosas. Ni laico ni religioso,
ni de una ideología ni de otra, intentando crearle lo
que supongo ahora, era una enorme confusión una disposición
a mantenerse siempre abierto. Cuando me dijo que los Reyes Magos
eran los padres, le dije: «Bueno, efectivamente hay varias
escuelas de pensamiento, hay unos que creen que son los padres;
otros creen que no». Él se quedó escuchándome,
y me dijo: «Sabes, creo que eres el único papá
de mi colegio que cree en los Reyes Magos». A partir de ese
momento me di cuenta de que quizás había llegado el
tiempo de intentar ser algo más preciso e intentar decirle
realmente aun a riesgo de caer antipático lo
que yo pensaba de una serie de cosas determinadas.
Eso que intenté hacer personalmente con Amador es lo que
luego intenté hacer en esos dos libros. Amador no tuvo nada
que ver con el asunto lo digo de antemano, es un truco
literario, porque temía ponerme demasiado serio, doctoral
y paternalista, en el peor sentido del término, al escribirlos.
Como tengo una relación muy irónica y humorística
con mi hijo, y nos tomamos mucho el pelo el uno al otro, pensé
que si escribía el libro pensando que se lo estaba dirigiendo
a él, me curaría de intentos pedantes, excesivamente
profesorales, etc. Por eso elegí ese camino, y por la convicción
de que la educación está ligada íntimamente
a la ética; ésta es una cuestión más
que todo de educación, no es una cuestión de dedicarse
a hacer grandes reflexiones entre las personas adultas, que si no
han sido educadas en los valores fundamentales, es muy difícil
que luego vayan a descubrirlos por sí mismas cuando están
cayéndose de viejas.
Creo que la educación es el momento adecuado de la ética.
De hecho, el propio Aristóteles, cuando escribe la Ética
a Nicómaco, la concibe como algo de lo cual hay que hablar
a los jóvenes hasta que tengan la edad suficiente para
entrar en el mundo de la política, como una preparación
necesaria para entrar en el mundo de la ciudadanía.
Hace unos meses ocurrió en Italia un incidente que fue muy
comentado. El alcalde de Milán tuvo un comportamiento poco
generoso por decirlo suavemente con un grupo de refugiados
albaneses, a los cuales maltrató de tal manera, que se produjo
una reacción popular. Se escribieron artículos, se
protestó, y hubo quien dijo: «A ver los intelectuales,
qué dicen de estas cosas». Umberto Eco sacó
un artículo respondiendo: ¿qué podemos hacer
los intelectuales cuando ocurre una cosa como ésta? Es inútil
ir a visitar al alcalde de Milán, que es una persona ya crecida,
y ponernos a recordarle los grandes valores de la fraternidad, la
solidaridad, etc. Si no los conoce a sus años, no los va
a aceptar porque se los digamos un poco después. Lo importante
decía Umberto Eco es reescribir los libros en
que van a educarse los hijos de ese alcalde, y los hijos de los
votantes de ese alcalde. A esos hijos es a los que hay que introducirles
las ideas de fraternidad y solidaridad que queremos luego ver reflejadas
más tarde, porque si esperamos a que sean alcaldes, no hay
nada que hacer.
Creo que efectivamente el papel de la ética hay que empezarlo
no de una manera dogmática y cerrada. Intenté escribir
unos libros en los cuales no se dieran instrucciones practicas,
porque una de las cosas que me parece más pavorosa de los
libros de ética es convertirlos en una especie de libros
de autoayuda, que dicen qué hay que pensar sobre: a) el aborto,
b) el divorcio, c) la ecología, d) la guerra nuclear. No
sé. Piense usted lo que quiera, pero piénselo. Lo
único que me parece ético es suscitar la necesidad
de que las cosas hay que pensarlas desde unos baremos de humanidad,
de racionalidad y de semejanza entre nosotros. Los humanos no estamos
condenados a la sociedad sino condenados a vivir entre semejantes.
Los semejantes son más importantes que el hecho mismo de
la sociedad, y es más importante que nuestros maestros sean
semejantes nuestros, que cualquier cosa que nos enseñen;
es más importante que el maestro sea un ser humano. Enseña
más el maestro al educar su humanidad que al instruir cualquier
otra cosa que enseñe; esto es lo que creo que hay que introducir
cuando se habla de ética. Son los principios generales los
que hay que tratar de introducir, y que a partir de ellos cada quien
piense lo que quiera; pero que lo piense y sea capaz de transmitir
y comunicar esos conocimientos.
En uno de sus últimos libros, John Kenneth Galbraith dijo
una frase que me marcó y que lamenté no haber leído
antes, porque la habría podido introducir en mi libro El
valor de educar. Dice Galbraith: «Todas las democracias contemporáneas
viven bajo el permanente temor a la influencia de los ignorantes».
Éste es un punto para pensar, la democracia hace que todo
el mundo tenga voto y por lo tanto los ignorantes que desgraciadamente
pueden ser muy numerosos pueden bloquear las soluciones adecuadas,
apoyar los integrismos, los populismos, las soluciones brutales,
influir, en último término, en el sabotaje de la propia
democracia que utilizan, pero la culpa no es puramente del ignorante,
sino de quien lo ha mantenido en la ignorancia, de quien no ha luchado
por romper esa cadena de ignorancia.
La ignorancia a la que se refiere Galbraith no creo que sea simplemente
la ignorancia del que ignora un dato, una noticia, eso nos pasa
a todos: no sé quién es el padre de Fulanito, o qué
cabos hay en el extremo norte de Alaska. Creo que la ignorancia
a la que se refiere Galbraith es la ignorancia de esos valores necesarios
del propio pensamiento y de la relación con los demás,
esas personas que no saben explicitar sus demandas, porque no tienen
una voz para explicitar racionalmente sus demandas y, por lo tanto,
tienen que elegir entre la sumisión del esclavo o la rebelión
brutal que lo destruye todo, porque no pueden escuchar las argumentaciones,
entender dentro de la maraña de las promesas falsas lo que
tiene una base lógica o unos apoyos racionales. Superar,
en último término, la ignorancia es la única
posibilidad de salvarse de ese proceso irracional de tener que seguir
puramente las rutinas, los tópicos, los lemas y los slogans
baratos. La influencia de la ignorancia es el mayor peligro de todas
las democracias, empezando por las más altas y las más
elevadas. El que la mayor de las democracias de nuestro planeta,
que tiene no pocos problemas y que debería colaborar a resolver
otros, viva obsesionada, girando en torno a los problemas ovales
y orales de su Presidente con una señorita, revela realmente
que la influencia de la ignorancia, la superstición, el absurdo
de la vida cotidiana, puede estropear y sabotear el proyecto democrático.
Contra esa ignorancia, evidentemente, es contra la que hay que luchar.
Por esto la educación y la educación ética
son partes imprescindibles de cualquier formación humana.
No se puede formar solamente a las personas desde el punto de vista
laboral; formarles para que sepan apretar botones o para que cumplan
funciones más o menos gestoras, sin haberles formado la capacidad
de convivencia y ciudadanía, que no surge naturalmente de
las personas. Los demócratas no surgen de las piedras naturalmente,
como las flores silvestres; hay que cultivarlos, regarlos. Los griegos
tenían claro que la paídeia era una parte absolutamente
Imprescindible de la democracia; que precisamente, la democracia
es, ante todo, una máquina de crear demócratas, si
no está perdida. Para crear esos demócratas hay que
formarlos, dar unos principios elementales, hay que aprender a
discutir y discutir mientras se enseñan los principios.
¿Qué es lo que queremos formar como valores fundamentales
de ciudadanía? En primer lugar, hay que formar la capacidad
de autonomía. Vivimos en un mundo muy complejo y no se puede
crear personas que van a vivir, constantemente, dependientes de
autoridades, técnicos, curanderos, que los van a acompañar
toda la vida y les van decir: «No comas esto, vete por aquí,
no te arriesgues»; hay que crear personas capaces de autonomía,
de iniciativa propia, de responsabilizarse para bien o para mal
de lo que hacen; esto me parece imprescindible y tiene que ser transmitido
en el momento en que aún se puede transmitir.
En segundo lugar, formar personas capaces de cooperar con los demás.
Junto a la autonomía, la capacidad de cooperación
es imprescindible, sobre todo en momentos en que los trabajos van
a ser cada vez más aleatorios, en que las personas van a
tener que trabajar en siete u ocho trabajos a lo largo de su vida;
en todos ellos van a necesitar la capacidad de saber cooperar con
los demás. Quien es incapaz porque no entiende lo que le
dicen, porque no entiende las tareas, porque no sabe lo que es dividirse
unas obligaciones con otros, y no entiende que hay que colaborar,
cooperar, dividir el trabajo con los otros, está totalmente
negado para lo que la vida contemporánea va a exigir.
Además de autonomía y cooperación, hace falta
despertar la capacidad o la vocación de participar en la
vida pública. La diferencia entre una democracia y un autoritarismo
es que en la democracia somos políticos todos. Es por esto
que alarma oír hablar de lo malo que son los políticos,
de lo corruptos que son, y uno dice: Querrá usted decir que
nos pasa a todos, porque si los políticos son corruptos,
lo son porque nosotros dejamos que lo sean, porque fracasamos en
nuestra propia tarea política que es el elegirles, sustituirles,
controlarles, vigilarles, y en último término, presentarnos
como candidatos, como una mejor alternativa frente a ellos; si eso
no lo hacemos, efectivamente los políticos seguirán
siendo unos corruptos; y lo seremos todos, todos los políticos
dentro de un país, porque todos en una democracia somos políticos,
y no hay más remedio que serlo. Lo fastidioso de las democracias
es que nos obligan a tener que preocuparnos siempre por la cuestión
política, y para eso hay que aprender a participar en la
gestión pública de las cosas; no a dejarlas en las
manos de los sabios, los técnicos, de los que vienen de fuera
a resolver las cuestiones. Todos éstos son valores ético-políticos,
al lado de ésos hay otros valores éticos que no necesito
recordarles. Los valores de autonomía, de cooperación
y de participación son los que hay que suscitar como valores
de los ciudadanos que queremos; y esto de alguna manera recae sobre
los educadores.
La educación es la única forma que hay de liberar
a los hombres del destino, es la antifatalidad por excelencia, lo
que se opone a que el hijo del pobre tenga que ser siempre pobre;
a que el hijo del ignorante tenga que ser siempre ignorante; la
educación es la lucha contra la fatalidad. Educar es educar
contra el destino, que no hace más que repetir las miserias,
las esclavitudes, las tiranías, etc. Además hay que
educar para la ética, hay que saber que educar es ya, en
sí, una labor ética, emancipadora. Estas cosas que
se pierden en los planteamientos burocráticos, en las dudas
sobre nuestras tareas, en la convicción de las dificultades
que tenemos, en la hipertrofia de las tecnologías que convierte
la labor personal en algo nimio y ridículo, hay que recordarlas
de una manera ingenua y clara. Es lo que he intentado hacer siempre,
arriesgándome a que las personas sabias meneen un poco la
cabeza, y piensen: «Cuando estábamos ya tan arriba,
viene este señor a recordarnos que todos nos sentamos sobre
nuestro propio trasero, ¡qué ingenuidad!, cuando ya
habíamos llegado a niveles más sublimes».
Alguien tiene que hacer esa labor y con mucho gusto he aceptado
esa tarea de recordar ciertas cosas básicas y, sobre todo,
de recordar que no hay que educar para la desesperanza. Si se educa
diciendo que el mundo es un desastre, que todos los políticos
son corruptos, que el sistema es omnipotente y nunca lograremos
cambiarlo, que el neoliberalismo ha secuestrado el mundo y jamás
podremos enfrentarnos a sus malévolas intenciones, que todo
está perdido; crearemos una sociedad de pesimistas cómodos
que se dedicarán a vivir, y culparán de todos los
males a la situación cósmica que les ha tocado soportar.
Prefiero crear personas ingenuamente convencidas de que contra
todos los males algo se puede hacer, porque éstos nunca se
resolverán solos; no sé si nosotros los vamos a resolver,
sé que si no los resolvemos nosotros, no se resolverán.
Esto es lo que me parece que hay que transmitir con unas pautas,
no digo de optimismo desenfrenado loco, pero al menos de un cierto
pesimismo que acepte que hay que actuar; que algo hay que hacer,
y que ese algo depende de uno. No se puede esperar a otra ocasión
mejor; no podemos esperar a que venga el siglo que viene a ver qué
movimientos y corrientes cósmicas nos liberan de nuestros
males o nos condenan a ellos definitivamente.
De modo que ésa es la tarea que considero he intentado hacer
de la manera más sencilla o accesible; quizás de la
manera más popular. Entiendo que este honor que, inmerecida
pero gratísimamente, se me confiere hoy, responde a esa actividad
que he llevado a cabo durante muchos años. Aunque en este
país afortunado en el que ustedes viven, las estaciones no
tienen el peso simbólico y dramático que tienen, por
ejemplo, en la vieja Europa, ahora recuerdo unos versos de un gran
poeta inglés, que dijo que Dios nos dio la memoria para que
pudiéramos tener rosas en invierno.
Queridos amigos, les agradezco esta flor inmarchitable
que me han otorgado hoy y que me acompañará en el
recuerdo en los días más fríos.
Fernando Savater
Universidad «Simón Bolívar»
Caracas, Venezuela
Acto de conferimiento del Doctorado Honoris Causa
Jueves 29 de octubre de 1998
En Ética y ciudadanía, Caracas: Monte Ávila,
1999.
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