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«Los niños llegan a la escuela sin
disciplina
porque las familias eluden educarlos»
En el proyecto de ser humanos, la escuela representa el espacio
donde el niño empieza a socializar. Frente a otros referentes
formativos, como la familia o los grupos de pares, la institución
escolar destaca por estar sujeta al control público. Ahora
bien, la educación no depende sólo de ella. Sin embargo,
la sociedad sobre todo los padres pretende transferirle
esta tarea y desembarazarse así de la responsabilidad que
implica.
Fernando Savater es un intelectual ocupado. El
reconocido filósofo español, nacido en 1947, trabaja
a destajo en otro libro para agregar a su cuantiosa producción
ha publicado ya casi medio centenar de obras. Esta vez, según
explica a Teína, el texto en preparación versa sobre
«las diferentes creencias religiosas y su relación
con la muerte». Un ensayo que publicará bajo el sugerente
título La vida eterna. Por eso aclara que sólo
concederá media hora para la entrevista. Eso sí, tiempo
más que suficiente para que comente conceptos clave en torno
a su libro El valor de educar (Ariel, Barcelona, 1997).
Allí, Fernando Fernández-Savater
Martín trata de forma amena aspectos educativos problemáticos.
Y los aborda sin rodeos, con claridad expositiva y proponiendo alternativas.
Lejos de los análisis catastrofistas, la lectura transmite
tranquilidad y optimismo, aunque sin dejar, por ello, de advertir
incluso en tono incisivo sobre las urgencias en una
materia sensible en toda sociedad: la formación de sus noveles.
Un buen ejemplo de esas notas lo constituye su opinión acerca
de que los padres y las familias esquivan con frecuencia la responsabilidad
de educar a los niños.
Estimular la sed de conocimiento
y, luego, satisfacerla, conforma una tarea que hoy recae casi exclusivamente
en el sistema educativo cuando en realidad concierne a las distintas
partes de la sociedad y, en principio, a la familia. La escuela
se encuentra así asfixiada por un bulto enorme al que el
resto le hace la vista gorda. Además, debe soportar ese peso
exclusivo mientras por otro lado aguanta los golpes bajos de sus
propias deficiencias. Por ejemplo, la «pedantería pedagógica»
de muchos maestros cuya falta de humildad agobia y anula los deseos
de aprender del ya mal estimulado alumno.
Savater se ha dedicado a lo largo de su carrera
a reflexionar sobre asuntos cotidianos y candentes en la sociedad,
como la ética, la política o, ahora, la muerte. Por
medio de un lenguaje accesible y no por ello menos lúcidos
ha conseguido acercar la filosofía al gran público,
incluidos los jóvenes. Y lo ha hecho con éxito, como
lo demuestran Ética para Amador y Política
para Amador. En ese sentido, pertenece a la clase de pensadores
más preocupados por darle soluciones a la gente común
que por alimentar los abstractos dilemas que ocupan a muchos de
quienes habitan los claustros universitarios (si bien él
enseña filosofía en uno, la Universidad Complutense
de Madrid). Sin pretender con esto menospreciar al academicismo,
resulta destacable el interés de Savater por arrojar destellos
sobre la oscuridad general.
Usted indica que ser humano se nace pero
también hay que serlo, es decir, que debe conseguirse ese
ideal. ¿Qué importancia tiene la escuela en este sentido?
Fundamental. El ser humano no es una descripción
biológica sino también un proyecto cultural y, si
se quiere, filosófico. Obviamente los humanos nacemos del
útero materno pero después debemos nacer en el útero
social y construirnos como humanos por medio del lenguaje, de la
socialización, de la ética. En todo eso la escuela
cumple el proceso básico, porque es el momento en que los
neófitos se ponen en contacto con un ámbito más
amplio que su familia, menos íntimo, de menor identificación
sentimental y más coactivo, más social.
Pero si los niños están 4 ó
5 horas diarias en el colegio y el resto del tiempo conviven con
otros referentes como la propia familia, los amigos o los medios
de comunicación, ¿hasta qué punto la escuela
puede llevar a la práctica esa función esencial?
En todo caso es lo que tiene que intentar. En algunos los logrará
mejor que en otros, pero la escuela es el único referente
que puede tener un control público y democrático.
Uno no puede elegir a los padres de los niños ni a sus amigos,
y los medios de comunicación están regidos por las
leyes de mercado. Los únicos que están sometidos a
un cierta dirección o control democrática son la escuela
y los planes de estudio, y por lo tanto esas horas son esenciales.
Luego, el proyecto se logrará mejor según el país
y la institución en cuestión, pero eso es lo que hay.
Con frecuencia los padres se quejan respecto a la falta de incentivo
para estudiar de los jóvenes y culpan de ello a la escuela.
¿Qué lugar ocupa la familia en este desánimo?
Precisamente sería la familia la que
tendría que realizar esa estimulación. El niño,
en principio, no tiene ningún entusiasmo por la escuela porque
no conoce los bienes que puede obtener por medio de la educación
escolar , ; somos los adultos quienes sabemos lo que puede dar la
escuela. Los padres son los que tendrían que convertirse
en abogados y propagandistas de ella para que el niño acuda
con interés, y también ayudarle en sus tareas. La
escuela no es un lugar que deba ser divertido o entretenido o que
deba auto justificarse, sino que el impulso hacia ella debe venir
de la dimensión sentimental, familiar.
Se habla de la desinstitucionalización de los aparatos modernos
ante la pluralidad de referentes culturales, morales, sociales y
del desdibujamiento de los valores que regían estas instituciones.
¿Cómo podemos saber qué enseñar en la
escuela en un mundo con pareceres tan divergentes y, al parecer,
en permanente conflicto?
Toda educación es un reflexión
sobre la cultura, educar es reflexionar sobre lo que merece transmitirse
y lo que no. Que vivamos en sociedades plurales, debería
incitarnos a crear una base común que se pueda transmitir
por medio de la escuela. Una cosa es que nuestra sociedad sea plural
y otra que no sea una sociedad, es decir, una yuxtaposición
de tribus o grupos que deben vivir unos con otros. Una sociedad,
si realmente es una sociedad, por más plural que sea, debe
tener una estructura común de valores y de sentidos por debajo
de todas la variedades culturales. Esos valores comunes son los
que deben inculcarse fundamentalmente. Luego, cada escuela puede
tener su propio sesgo según la orientación del grupo
escolar.
En países donde el fenómeno de la inmigración
es pronunciado, como en el caso español, se observa una tendencia
hacia la concentración del alumnado inmigrante en los colegios
públicos. ¿Cómo debe tratar el gobierno esta
tendencia para evitar la conformación de guetos?
Los colegios concertados deben asumir su
carga de personas con necesidades especiales educativas. Lo que
no puede ser es que un colegio concertado [aquellos de financiamiento
público y gestión privada que el gobierno español
creó para descongestionar el sistema público] se comporte
como uno privado y que por medio de subterfugios y de pautas de
selección evite el alumnado inmigrante o conflictivos que
puedan trastornar la tranquilidad del colegio. Todos los colegios,
incluso los privados, deberían tener una carga obligatoria
de mezcla, porque debemos prepararnos para vivir en sociedades mezcladas,
pues es lógico que el colegio sea el primer centro de mezcla,
donde haya también inmigrantes, niños con problemas
de adaptación o con diferentes niveles expresivos... En cualquier
caso, esto debe garantizarse, esto es, debe combatirse en los colegios
concertados cualquier cláusula que les permita no aceptar
alumnos inmigrantes, y favorecer que éstos se concentren
en la escuela pública.
Sobre todo porque esa tendencia va en contra del objetivo de universalización
democratizadora, que usted señala en El valor de educar,
¿no? [...la escuela escribe Savater es el único
ámbito general que puede fomentar el aprecio racional por
aquellos valores que permiten convivir juntos a los que son gozosamente
diversos].
Claro, estaríamos educando en guetos
para una vida en común. El colegio debería parecerse
en lo posible al mundo en que deben vivir los niños, incluso
en sus problemas, en sus dificultades. No deberíamos educar
sin problemas y sin heterogeneidad para un mundo que es heterogéneo
y que tiene dificultades de relación. La escuela debe asumir
esa problematización.
Si invertimos esa reflexión: ¿coincide en que los
colegios son hoy un reflejo de esta sociedad donde abundan las desigualdades
sociales?
Por supuesto que sí. Hay una idea
que intenta que el colegio sea una reproducción de elites,
que haya colegios al resguardo del resto de la sociedad que reproduzcan
la clase de tropa social; esa pretensión la ha habido siempre,
mucho más que ahora. Y todavía queda mucho de esa
tenencia, la vemos en la resistencia a los cambios educativos. Pero
se veía mucho más antes, cuando se educaban unos cuantos
elegidos de la sociedad y los demás eran domesticados pero
no educados. Hoy, aunque todo el mundo puede acceder a la educación,
aún en muchos asuntos esenciales existe ese clasismo.
Los movimientos contraculturales han criticado la función
social de la escuela. ¿Qué parte de verdad hay en
las teorías que defienden estos grupos cuando hablan de la
escuela como aparato de control y de disciplinamiento?
Es cierto que la escuela es un instrumento
de control y de disciplina, lo que pasa es que eso no tiene nada
de malo. Ahora, una cosas son los abusos y los excesos y otra, la
autoridad. Aristóteles decía que para llegar a ser
gobernante antes hay que haber sido gobernado. Eso es la educación.
Un ciudadano demócrata es un gobernante porque en la democracia
todos somos gobernantes de nuestros países. Y para ejercer
el control, la disciplina, en la sociedad en que vamos a vivir,
antes hay que haber conocido esos mecanismo; primero como sujeto
paciente y luego como protagonista. La educación es el primer
momento en que somos gobernados, en que tenemos un control, una
dirección, que naturalmente no tiene por qué ser caprichosa
o autoritaria. Como en muchas otras cosas, la contracultura se equivoca.
¿Existe una crisis de la figura de autoridad?
Es uno de los problemas con los que choca
la escuela, evidentemente. Dado que los padres y las familias rara
vez asumen la labor pedagógica básica, la socialización
primaria, los niños llegan a la escuela sin ningún
tipo de disciplina, el maestro no es una figura respetada y, claro,
la educación tiene una cierta dimensión coactiva.
Si no puede ejercerse esa coacción razonable, si el maestro
no tiene ninguna autoridad, no se puede ejercer como maestro.
Usted habla también del miedo como un elemento
positivo en la educación.
Es un elemento positivo de la cordura humana.
Los seres finitos y mortales hacen grillete del miedo. Entonces
el miedo, que va a ser un elemento importante a lo largo de nuestra
vida, empieza a tener un valor educativo, es decir, que haya una
dosificación del miedo forma parte de la educación.
La violencia extrema entre
los niños en los colegios es atribuida con frecuencia a la
influencia de los medios de comunicación, sobre todo de la
televisión. ¿Qué opina?
Los medios de comunicación pueden tener parte de culpa. Pero
también la violencia que hay en la sociedad, la permanente
utilización de la fuerza entre los países, dentro
y fuera de las naciones, el terrorismo, las guerras. Eso debe ser
atajado por los colegios, es decir, los profesores no pueden inhibirse
frente al acoso escolar, no pueden dejar que ese mecanismo funcione.
Y para eso deberían tener esa autoridad de la que en ocasiones
carecen.
Entrevista a Fernando Savater
Juan Pablo Palladino
http://www.revistateina.com
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